Parsifal

 Los antecedentes más remotos de Parsifal  los encontramos en el relato de Peredur, en el canto de Gododdin, escrito en la frontera de Escocia, aproximadamente en el año 600.

Entre las primeras obras literarias que tratan sobre el héroe se encuentra Perceval o El cuento del Grial, del poeta francés del siglo XII Chrétien de Troyes.

 A través de su largo poema de 9.234 versos, Chrétien hace numerosas indicaciones a sus lectores para remarcar que él, sólo es el narrador y no el creador de la maravillosa historia. La obra quedó incompleta, y a pesar del tiempo transcurrido desde su creación, es tal su encanto y sencillez, que puede ser abordada por un lector del siglo XXI sin mayores inconvenientes. El autor presenta a Perceval como un muchacho de “poco seso” que, a pesar del cuidado de su madre para que no se interese por las armas, emprende distintas aventuras (entre ellas, liberar a una doncella de la que se enamorará). En uno de sus tantos recorridos, llega al castillo de un rey incapaz de erguirse, y presencia una ceremonia en la cual varios caballeros comen ante un Grial. Allí ve un hecho asombroso: un paje porta una lanza de la que mana una gota de sangre y atraviesa, indemne, el fuego. Perceval nada pregunta pues un prohombre de nombre Gornemans le había aconsejado que no sea hablador. Al despertarse al siguiente día, encuentra el castillo vacío, y se va.

En el camino, ve a una doncella que le informa de la muerte de su madre y lo increpa por no haber hablado cuando estuvo en el castillo del rey. Si hubiera preguntado qué era lo que le pasaba, el rey que languidecía, se hubiera sanado. El propio Chrétien temía por el silencio del joven: en el momento en que Perceval ve la lanza y el Grial, escribió: “Temo yo que esto le perjudique, porque he oído decir que tanto puede uno excederse hablando como callando”.

Prosigue cabalgando, con su arco hiere al vuelo a una oca, y luego una mujer monstruosa (tanto, que el poeta afirma: “jamás hubo nada tan absolutamente feo ni en el mismo infierno”), montada en una mula, vuelve a reprocharle su silencio al observar el sufrimiento del rey. Perceval se propone averiguar a quién sirve el Grial y encontrar la lanza que sangra. Luego un ermitaño le dice a Perceval que no realizó la pregunta porque cometió un pecado cuando abandonó a su madre y que el rey se alimenta de una hostia que le llevan en el Grial.

El relato de Chrétien sobre Perceval se detiene aquí. Hay unos episodios de otro caballero: Gauvain (a quien se le pide encontrar la lanza), y la narración toma otro rumbo.

El carácter cristiano de su obra se encuentra en la importancia que da el autor a que por cinco años Perceval dejara de adorar “a Dios y a su cruz”, y en el  reproche que le hacen algunos caballeros de portar armas el día de Viernes Santo.

Pocos años después, el francés Robert de Boron se refiere al tema en varias obras. Lo importante aquí es que la lanza que sangra pasa a ser la lanza empuñada por el centurión que hirió en un costado a Jesús crucificado.

Wolfram von Eschenbach es considerado el poeta más importante de la Alemania medieval. Entre sus poemas narrativos el único que está completo es Parzival, (una de sus obras, que nos ha llegado incompleta, se llama Titurel, y se refiere al anciano rey del Grial).

Parzival, fue escrito a partir del año 1200 y terminado hacia 1210. El poema es aún más extenso que el de Chrétien, pues consta de 24.810 versos. Una prueba de su gran aceptación es que fue impreso en 1477, es decir muy poco después de haberse inventado la imprenta de tipos móviles.

Wolfram también aclara en varios pasajes de la obra, que narra una historia que no es de su invención. Cita como fuente a un tal Kyot, pero no ha podido comprobarse la existencia de alguien llamado así. Se cree que en realidad este Kyot es una creación del propio Wolfram para contrarrestar las acusaciones que en su tiempo se le hacían de no mantenerse en sus relatos del todo fiel a las fuentes. A pesar de esto es evidente que el poeta siguió de cerca el relato de Chrétien. Es más, en un pasaje escribe: “Mucha gente está molesta porque no sabe cómo termina esta historia”, en clara alusión a la falta del final de El cuento del Grial.

Básicamente, la historia es la misma pero enriquecida. Wolfram nos narra algunos sucesos acaecidos a Gahmuret, el padre del héroe y completa la narración. Sobre el final, Parzival vuelve al castillo del rey pescador a quien sanará al hacerle la pregunta: “Tío, ¿qué te atormenta?” (le dice tío porque en esta obra, como en la de Chrétien, muchos personajes son parientes entre sí), y pasa a ser entonces el nuevo rey del Grial.

El rey, aquí ya con su nombre: Anfortas, es llamado pecador y pescador. Pecador, porque por amor a una doncella, intervino en un duelo con un pagano, fue herido con una lanza envenenada, y quedó imposibilitado para erguirse. Y es pescador, porque acostumbraba ir a un lago para beneficiarse con sus aires aromáticos, y quienes desconocían la verdadera razón creían que iba a pescar, aunque como escribe Wolfram, “el atribulado rey no puede ofrecer en venta ni salmones ni lampreas”. Anfortas era hijo de Frimutel, quien a su vez, era hijo de Titurel. Había sido elegido rey cuando su padre perdió la vista.

Parzival es caracterizado como un muchacho “simple” y “sin muchas luces”. Sin embargo, será él quien cumpla con la profecía que, según Wolfram, apareció en una oportunidad a modo de inscripción en el Grial que decía que quien realizara la pregunta sanaría al rey y ocuparía su lugar.

La horrible doncella que le reprocha no haber hablado, adquiere un nombre: Cundry, y un duque, que fue castrado por un esposo cuando lo encontró durmiendo entre los brazos de su mujer, y que posteriormente aprendió magia, recibe el nombre de Clinschor.

Wolfram refleja las emociones y las convierte en bellas y delicadas imágenes poéticas. Cuando tiene que contarnos que una doncella se enamoró del padre de Parzival escribe: “A través de las lágrimas miraba a menudo a Gahmuret, ruborizada y como una amiga. Entonces sus ojos dijeron a su corazón que era realmente hermoso”. En otro pasaje, al referirse a la reina que llevaba el Grial, dice: “Su rostro era tan resplandeciente que a todos les parecía que había amanecido”.

El carácter  cristiano del relato está más acentuado que en el poema de Chrétien. Por ejemplo, el rey Arturo (que también aparece en la obra del poeta francés), junto con su corte celebra Pentecostés. En otro lugar menciona a  Judas “que participó con un beso de la ignominiosa traición a Jesús”, y nos cuenta que cada Viernes Santo desciende una paloma sobre el Grial y deposita una hostia que le proporciona a los caballeros abundante comida y bebida.

En el Grial aparece una inscripción con el nombre  y el origen del elegido para incorporarse a la comunidad, puede ser una muchacha o un muchacho. Una vez leída la inscripción, desaparece. “¡Felices las madres cuyos hijos fueron llamados a este servicio!”, exclama Wolfram; para agregar luego: “Permanecen allí protegidos siempre contra la ignominia del pecado y reciben su magnífica recompensa en el cielo. Cuando se les apaga aquí la vida, se les concede en el cielo la plena satisfacción”.

En esta historia Parzival tiene un hermano, Feirefiz, que es pagano, pero luego abjura de todos sus dioses y es bautizado; a partir de entonces, puede ver el Grial. Feirefiz, nos dice el autor, contribuyó a la difusión del cristianismo.

Poco antes de terminar el relato, Wolfram nos cuenta sobre uno de los hijos de Parzival, Lohengrin; de cómo, llevado por un cisne, se le presentó a una princesa de Brabante, que no debía preguntarle quién era, etc., etc.,  pero esto ya es otra historia (y otra ópera).

Muchos más han escrito sobre el joven héroe, incluso en el siglo XX.

No hay coincidencia entre los estudiosos sobre la verdadera etimología de algunos nombres. Para unos, el del protagonista, es un nombre compuesto por las palabras francesas percer y val, lo cual significaría “el que cruza el valle”. Para otros, tendría un origen árabe:  parsi, puro, y  fal, ingenuo; y por último, están quienes consideran un posible origen persa: parsi, puro y val, flor, es decir: “puro como una flor”. Estos últimos definen la principal característica del personaje desde el mismísimo nombre.

El castillo del Grial generalmente es ubicado en una región de nombre Montsalvat, en España. Montsalvat podría significar monte salvaje, o bien, monte de salvación.

Por último, el nombre de la sagrada copa podría devenir de las palabras francesas sang royal, sangre real, que se convirtieron en San Graal, o del latín gradale, que significa copa o plato, (una narración galesa del siglo XIII presenta al Grial como una escudilla). Se difundió entonces, que el Grial era la copa en la que Jesús bebió en la última cena y que luego usó José de Arimatea para recoger la sangre que manó de su cuerpo al ser herido por la lanza del centurión. El centurión, en el evangelio de Nicodemo, declarado apócrifo, recibe el nombre de Longinos.

Este será el significado que le dará Wagner al momento de crear su última obra para la escena: Parsifal, que no llamó ópera sino Bühnenweihfestspiel, megapalabra compuesta por la unión de cuatro términos alemanes que significan respectivamente escena, consagración, festival y representación, y que nos sugiere que la obra tiene pretensiones más altas que el mero divertimento. Su estreno fue en 1882 en el Teatro de los Festivales de Bayreuth.

Para crear el drama recurrió a diversas fuentes, algunas difíciles de precisar. Como siempre, y es lo que tanto nos maravilla, luego de abrevar en ellas, prácticamente rehizo la historia; creando y alterando situaciones o personajes, opacándolos o dándoles mayor brillo, siguiendo los dictados de su genial vena dramática.

Nunca serán escasas las palabras de admiración que le dediquemos a Wagner como músico, dramaturgo y poeta.

En Parsifal, para confeccionar su entramado musical, nuevamente recurre al leitmotiv. A lo largo de las cuatro horas y veinte minutos de duración aproximada, hay cerca de cincuenta motivos. Su utilización en esta obra es tan inteligente y sutil como en El anillo del nibelungo. Veamos algunos ejemplos.

Gurnemanz, el anciano caballero del Grial, cuenta a los escuderos (y a nosotros, los espectadores) cómo Amfortas perdió la lanza al caer en brazos de una mujer de peligrosa hermosura. En ese momento del relato se escucha en la orquesta el motivo de Kundry. No se la menciona (seguramente Gurnemanz no sabe que fue ella), es la orquesta la que identifica a la mujer fatal.

En el final del primer acto, cuando Parsifal se queda sin palabras ante la ceremonia del Grial (igual que en los dos relatos literarios que comentamos antes), Gurnemanz le pregunta si comprende lo que vio, y ante la falta de respuesta, lo echa del sagrado templo. Nuevamente es la orquesta la que nos da mayor información sobre la historia, pues en ese momento se escucha el motivo de la profecía, y sabemos entonces, que el muchacho es el elegido.

En el comienzo del segundo acto volvemos a escuchar el mismo motivo, seguido por el que le pertenece a Parsifal, luego de que el mago Klingsor, que sí sabe lo que el destino le tiene preparado al joven, dice “El momento ha llegado”. Ya no nos quedan dudas sobre quién será el nuevo rey del Grial.

Otro ejemplo que creemos digno de destacar, también en el segundo acto, es cuando Kundry, convertida en bella y seductora, tras llamar por su nombre al muchacho, le pregunta: “¿Qué pudo traerte sino el anhelo de saberlo?”, y es la orquesta la que responde la verdadera razón por la cual Parsifal fue al castillo del mago, pues se escucha en los instrumentos el leitmotiv de la lanza.

La melodía que utiliza Wagner para representar el Grial no es de su autoría. Se la conoce con el nombre de Amén de Dresde, y le pertenece al compositor alemán Johann Gottlieb Naumann. Unas décadas antes que Wagner, Mendelssohn la cita en las cuerdas antes de que comience el allegro del primer movimiento de su sinfonía conocida como Reforma.  

Por supuesto, el leitmotiv no aparece siempre con la misma instrumentación y su carácter se modifica de acuerdo a la situación dramática del momento.

Los cambios que presenta el motivo de Parsifal a lo largo de la obra merecen ser señalados. En su primera aparición suena alegre, juvenil; en el tercer acto, cuando se reencuentra con Gurnemanz después de haber errado sin rumbo, suena más lento y solemne, pues Parsifal ha crecido: ha rechazado la tentación y destruido el mal. Ese mismo motivo adquirirá un carácter triunfante cuando le pide a Gurnemanz, mientras es lavado y ungido por él y Kundry, que lo conduzca al castillo donde será saludado como rey.

Esta escena tiene, por supuesto, su fuente de inspiración en el pasaje de los Evangelios en el que se narra la visita de Jesús a Betania. En la casa de Simón, una mujer vierte un vaso de perfume sobre la cabeza de Jesús y, con el perfume unge sus pies, que luego enjuga con sus cabellos. (A Parsifal se le lava y unge la cabeza, y Kundry, tras lavarle los pies, se los enjuga con sus cabellos).

Wagner convierte la mutilación de Klingsor en automutilación; realizada con la intención de apagar en sí mismo la tentación y el pecado, pues únicamente los puros estaban destinados a custodiar el Grial y la lanza. El compositor alemán con este cambio nos recuerda Orígenes, el estudioso cristiano de Alejandría de los primeros siglos de nuestra era, que realizó en sí mismo idéntico acto con idéntico fin.

Parsifal se desarrolla en otros ámbitos más elevados y puros que aquellos que solemos frecuentar, donde las dimensiones terrenales no existen: “Apenas camino y me parece estar lejos”, se asombra Parsifal camino al castillo del Grial, y Gurnemanz le responde: “Ya ves, hijo mío, aquí el tiempo se convierte en espacio”. 
  Parsifal trasciende aquello que llamamos espectáculo, y una vez que nos compenetramos en la obra, escucharla se convierte en una verdadera experiencia religiosa. Coincidimos con el compositor Joaquín Turina, que afirmaba que Parsifal es un perfecto modelo de música religiosa.



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