Saverio el cruel

El mismo año en que terminó de escribir su última novela, El amor brujo, Roberto Arlt (1900-1942), comenzó su carrera de dramaturgo. Antes del estreno de su primera pieza teatral original, Leónidas Barletta, director del Teatro del Pueblo, presentó El humillado, un capítulo de Los siete locos adaptado para la escena por el propio autor. Corría el año 1932, y para entonces Arlt ya había dado a conocer la culminación de la historia que tiene a Erdosain como protagonista. El drama Saverio el cruel fue estrenado en el mismo teatro cuatro años más tarde. Su argumento y sus personajes tienen muchos puntos en común con gran parte de las demás creaciones del autor. Antes de exponerlos, es necesario contar de qué trata Saverio el cruel.

Un grupo de jóvenes, suponemos que de clase media o alta, aburridos, deciden divertirse a costa de Saverio, que se gana la vida vendiendo manteca. Susana, la organizadora de la farsa, fingirá haber enloquecido. Se hará pasar por una reina que se siente odiada por un coronel que, según ella, debe ser decapitado. Uno de los muchachos, que hace de pastor, será el verdugo. Otro hará el rol de médico, y le dirá al mantequero que la única forma de curarla es que Susana vea muerto al coronel, así es que han resuelto fingir la muerte del militar. A ella le presentarán una cabeza de cera lo suficientemente bien hecha para que crea que su enemigo ya no existe. Saverio es quien representará al coronel.

El inocente vendedor, que se asombra de verla en tal estado de locura, acepta. Es en este momento cuando comienza a volar su imaginación. Se imagina siendo un gran dictador, implacable, cruel y sangriento. Tanto, que hasta se hace traer una auténtica guillotina pues, según él, no se puede gobernar sin cortar cabezas. Incluso se imagina siendo el causante de una guerra mundial.

Llega el día de la farsa y aquí el autor nos depara dos sorpresas. La primera, es que nos enteramos que la frialdad e indiferencia de Saverio al hacer su papel obedece a que fue alertado de la burla por una de las muchachas que no deseó intervenir en ella; la otra sorpresa, la más grande, la que convierte a la obra en tragedia, nos la deparará Susana.

A solas con Saverio, supuestamente para pedirle disculpas, extrae un revólver y dispara dos veces sobre el cuerpo del mantequero. Arlt termina la pieza con una frase que no creemos necesaria para su comprensión: Saverio afirma, momentos antes de morir, que Susana realmente estaba loca.

Saverio el cruel, como se dijo más arriba, tiene características que encontramos en muchas obras de Arlt.

El aburrimiento de los jóvenes no es distinto al que sienten los personajes de Los siete locos; inmersos en la construcción de una quimérica sociedad secreta, aunque crean que la empresa no tendrá éxito, como le dice Haffner, uno de los personajes, al protagonista. Participa de ella por lo aburrido que está. En el relato titulado Las fieras, el narrador nos presenta a distintos hombres fuera de la ley reunidos en un café, y nos cuenta que llevan adentro “un aburrimiento horrible, una mala palabra retenida, un golpe que no sabe dónde descargarse”, y se incluye en semejante desgracia. También sienten sus vidas de color gris los oficinistas de La isla desierta, que ven transcurrir sus días encerrados trabajando en una oficina que tiene un ventanal que da a un puerto (esto dará para un comentario posterior).

La manera en que es descrito Saverio al entrar a escena recuerda a varios de su personajes. Arlt, duramente, dice de él que “físicamente es un derrotado”. La lista de sus criaturas, calificadas de esta manera, sin piedad alguna por el autor, sería muy extensa. La integraría por ejemplo, Guinter, el protagonista de Prueba de amor, que al contemplarse en el espejo se ve viejo con veintisiete años. Estanislao Balder, de El amor brujo, que además de ser “un hombre de aspecto derrotado”, es “un poco cargado de espaldas, defecto que acentuaba el agobiamiento en que lo sumergían sus cavilaciones”. Igualmente derrotada está Sofía de 300 millones, que al aceptarlo, se suicida. Y así, varios personajes más.

Arlt escribió sobre ellos, gente con la que quizá nos cruzamos en la calle o en un bar, y no vemos, aunque tal como lo dice en una de sus aguafuertes “hay semblantes que son como el mapa del sufrimiento humano”.

¿Cómo pueden estos seres introducir algo de color en sus vidas? Soñando.

Sofía sueña una historia que puede ser la trama de una de las tantas telenovelas antiguas (incluso le dice a uno de sus personajes evocados que le gusta viajar, no por la instrucción, sino porque el tren “va lejos”); Hipólita de Los siete locos se imagina como una señorita honesta, con amigas que viajan a París; también ella, en su fantasía, viajaba por mar y adoptaba una niña, y tantos etcéteras, que “su alma de criada se anegaba de felicidad”. Leonilda, de Una tarde de domingo, le confiesa a Eugenio que a ella le gustaría irse lejos,  “vivir como las artistas de cine”. Obviamente, también sueñan los empleados de La isla desierta, y así muchos más.

 Estos personajes ven sus vidas pasar y esperan “el gran suceso” que les dé un giro imprevisto a sus monótonas existencias. Esperan ese “algo”, que ellos no saben qué puede ser, que les cambiará la existencia radicalmente, que se las dará vuelta, pues sino sus vidas serían decepcionantes. Ese “algo” necesariamente devendrá deparado por el azar, pues ellos hacen poco para que eso suceda, por falta de fuerza u oportunidades. Balder y Eugenio Karl, del cuento Una tarde de domingo, lo expresan abiertamente. Esa esperanza es lo único que los hace seguir viviendo. Erdosain se dice a sí mismo: “Perder un sueño es casi como perder una fortuna. ¿Qué digo? Es peor”. ¿Quién de nosotros podría contradecirlo? Sin dudas, como lo afirma el protagonista de El fabricante de fantasmas: “El destino del hombre es desear siempre”.

Por eso, el derrotado, el humillado, aguarda algo que lo haga sentir importante, odiado o amado da lo mismo, el tema es sentirse importante. 

Erdosain se imagina ser el Dueño del Universo poseyendo el Rayo de la Muerte; Astier, de El juguete rabioso, traiciona a su amigo para ser tan importante como Judas Iscariote, y Saverio rápidamente se cree un dictador cruel. Al fin y al cabo, es la crueldad humana la que subyace en la obra de Arlt (la ternura está escasamente presente en su obra; un raro ejemplo es un cuento no muy conocido llamado El gran Guillermito).

Arlt no utiliza el refinado lenguaje de Manuel Mujica Lainez ni las imágenes o situaciones que Jorge Luis Borges evoca en sus poemas y cuentos, que muchas veces requieren conocimientos del lector para ser comprendidas. Arlt es simple y directo.

Pero, ¿por qué esa manera de caracterizar a los seres humanos? Es probable que sea un reflejo de su propia existencia, de las experiencias de su propia vida y también, de todo lo que observó gracias a su trabajo de periodista. Arlt siempre atendía a los problemas de los anónimos que sufren, aquellos que no tienen voz; él se las daba, dando a conocer sus necesidades en las muy leídas páginas del diario. Sus propios sentimientos e ideas son trasladados a sus personajes. En una carta que le escribió a su hermana Lila, en la cual le cuenta de su infeliz matrimonio con Carmen Antinucci, dice, entre otras cosas, que necesita escribirle para desahogarse, que ha llorado por las calles pensando en el desastre que era su vida, y que se siente el mejor escritor de su generación y también el más desgraciado. Le dice, además, que parte de lo que siente está en un determinado capítulo de Los siete locos.  El capítulo en cuestión, titulado La casa oscura, es un compendio del sufrimiento del protagonista. Para resaltar aún más, el aspecto autobiográfico de parte de su obra (puede ser exagerado considerarla toda de esta manera), en esa carta dice: “Yo tengo que realizar una gran obra”, al igual que, como vimos, muchos de sus personajes. La gran obra de Arlt fuera de la literaria, era un invento: las medias de mujer que no se corrían; algo sin duda más práctico que el señalador automático de estrellas fugaces creado por Astier; o la rosa de cobre que intentan fabricar los Espila guiados por Erdosain, o el proyecto de éste, de instalar una tintorería de perros, para lanzar al mercado “canes de pelambre teñida de azul eléctrico, bulldogs verdes, lebreles violeta, foxterriers lilas, falderos con fotografías de crepúsculos a tres tintas en el lomo, perritas con arabescos como tapices persas”.

Arlt no oculta su pesimista visión de la vida. En el prólogo a la edición de la primera recopilación de sus cuentos, El jorobadito, escribe: “Los seres humanos son más parecidos a monstruos chapoteando en las tinieblas que a los luminosos ángeles de las historias antiguas”. Y así es como delinea a sus criaturas. Incluso en la serie de cuentos El criador de gorilas, a excepción de uno (el que trata de los supuestos bandidos cuya verdadera intención es entretener a los turistas), el común denominador es la crueldad y el egoísmo.

En sus obras los personajes cambian los nombres pero no sus sentimientos. Pueden llamarse Hussein (uno de los protagonistas de África), o simplemente “Siete”, como el enfermo tuberculoso de Ester Primavera, que recuerda cada minuto de su vida, marcada por el dolor que le provocó a una inocente.

Consideramos que el pesimismo del escritor está representado fielmente en estas frases de dos de sus textos. Una, le corresponde a Pedro, de El fabricante de fantasmas: “En cualquier dirección, el hombre tiene que luchar; pero en el noventa por ciento de los casos, entre sus propósitos y el logro de sus deseos media un abismo”. La otra idea, tanto o más dura que la anterior, la expresa el narrador de El jorobadito: “... experimento un sentimiento de vergüenza y de lástima cuando un buen señor se entusiasma frente a mí con el pretexto de que su esposa lo ha hecho ‘padre de familia’. Hasta muchas veces me he dicho que esa gente que así procede son simuladores de alegría o unos perfectos estúpidos. Porque en vez de felicitarnos del nacimiento de una criatura, debíamos llorar de haber provocado la aparición en este mundo de un mísero y débil cuerpo humano, que a través de los años sufrirá incontables horas de dolor y escasísimos minutos de alegría”.

A propósito de este cuento, su final nos recuerda la historia de Saverio. Como Susana, el jorobado, también saca ,sorpresivamente, al final de la obra, un revólver.

Y como Susana, que afirma que siendo loca pone en movimiento a otros personajes, el Astrólogo de Los siete locos, y César de El desierto entra en la ciudad se sienten todopoderosos manejando otras voluntades; aunque es discutible la “cordura” que tienen los personajes que los rodean.

La postura antibelicista de Arlt se manifiesta en Saverio en la exposición de la locura de quienes deciden una guerra mundial, su insensibilidad y cinismo. Características que tienen también los personajes de La fiesta del hierro, que son empleados de una fábrica de armamentos que anhelan la llegada de la guerra para vender y ganar mucho dinero.

Algunas décadas después de la muerte del escritor, otro artista, un músico, decidió llevar a la escena lírica una pieza teatral de Arlt. La elegida es la del título de esta nota.

El compositor es el argentino Fernando González Casellas (1925-1998), que se ocupó también de su adaptación para convertirla en un libreto de ópera. Los cambios que realizó son menores, y corrientes al momento de trasladar una obra de teatro de prosa a uno musical. Eliminó varias frases, alguna que dice un personaje se la adjudicó a otro, cambió el orden de alguna escena y, aquí sí hay algo importante: en una escena vemos entrar a Julia, la hermana de Susana que se negó a participar de la burla. De esta manera, el compositor adelanta –en parte, pues no sabemos qué hablarán–, una de las sorpresas del final. También agrega algunas palabras del Salmo XXI (ó XXII, de acuerdo a la versión de La Biblia), que se refiere al desamparo y angustia del hombre, y se las confía al coro que en esta ópera tiene muy escasa participación.

Al respetar en su casi totalidad el texto de Arlt, González Casellas obvió arias, dúos, etc., es decir, todo lo que solemos encontrar en una ópera de repertorio, y le otorgó a su composición un ritmo vertiginoso, que resulta dramáticamente muy efectivo.

La ópera se estrenó en 1996. Resulta llamativo el tratamiento de la orquesta. El compositor la ha considerado como un conjunto de solistas, de modo que continuamente los distintos timbres de los instrumentos van haciendo un colorido soporte a lo expresado por los cantantes.

Su utilización de este continuo entramado hace que en su ópera la atmósfera reinante sea de constante tensión. Muy inteligentemente, hace callar a los instrumentos sobre el final, cuando Susana les pide a los invitados que se retiren para pedirle disculpas a Saverio, y así  resalta oportunamente las palabras de la joven.

González Casellas podría haber comenzado su ópera con una melodía alegre que expresara la excitación de los jóvenes en los preparativos de la farsa, pero eligió otra visión, más cercana a la del escritor que amaba. La ópera comienza con un solo melancólico de oboe. Es esa misma melodía, en ese instrumento, la que da fin a la composición, remarcando el clima de desolación que acompaña a esos seres humanos y a tantos más. Pues estos personajes creados por Arlt, y puestos en música por González Casellas, existen desde siempre, pues la búsqueda incesante de la felicidad es inherente a nosotros.



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