Entrevista a Eva Lopszyc: La creación musical

Nuestro país cuenta con una enorme cantidad de talentosos artistas que desarrollan incesantemente su actividad en el campo de la creación y la interpretación, sin cejar ante los obstáculos, naturales y no tanto, que se les presenta. El amor al arte y una fuerte convicción en sus objetivos artísticos los impulsan a seguir adelante constantemente.

Para este número de la revista hemos entrevistado a una de estas artistas: la compositora y directora de orquesta Eva Lopszyc.

Eva nació en Buenos Aires. Es egresada del Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla” en Piano, Composición y Dirección Orquestal, con Medallas de Oro en 1984 y 1985. Obtuvo varios premios: “Tribuna Nacional de Compositores 1992 y 1999 (CAMU-UNESCO)”; “Gaude Mater” Czsestochowa-Polonia; Festival de Música Contemporánea Belo Horizonte-Brasil (1992), Encuentros Latinoamericanos de Arpa 1995-2000 en México; “Alfonso Stagno”, ABI’s Research Board of Advisors, USA 2000, etc.

Cuenta en su producción con obras solistas, música de cámara, sinfónicas; sinfónico-coral, y ópera. Desde 1990 es directora del “Ensamble de los Tres Tiempos”. Es Profesora de Música de Cámara en el Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla”, miembro de “Cultrun”, la Asociación Argentina de Compositores y del Consejo Argentino de la Música.

La nota giró en torno a su manera de abordar la creación musical pero, además, en ella dejó trascender algo de su rico mundo espiritual:

 

· ¿Por qué compone?

Porque es una necesidad de expresión, porque me gusta contar cosas. De chica me gustaba que me contaran cuentos. Se lo pedía a mi abuela materna. Le pedía que me los contara en ruso, y luego en castellano, aunque yo entendía los dos idiomas.

No es un modo de vida, pues no estoy todo el tiempo componiendo, pero quizá estoy creando desde otro lugar. Todo mi entorno es creativo. Por ejemplo, no voy al mismo lugar siempre por el mismo camino, trato de variar. A veces no tengo opciones, pero varío aunque demore más. No podría hacer siempre lo mismo o mirar todo desde la misma posición.

 

· ¿Con qué criterio elige un lenguaje tonal o atonal?

Parto del mensaje que quiero dar, de lo que quiero contar, y en función de eso, busco el lenguaje. No hago a la temática prisionera del lenguaje; me rindo ante lo que quiero contar. Evalúo qué es lo que el mensaje necesita; pues si no le soy fiel, no lo transmito tal cuál es. Tengo que ser coherente con aquello que contaré.

 

· ¿En toda su música intenta narrar algo?

Sí, no escribo música abstracta, lo cual no significa que haya siempre una historia detrás. Necesito al menos una idea, un espíritu, una palabra, una sensación. Luego investigo sobre el tema que deseo escribir, y lo doy a conocer por el título de la composición. Si no tengo el título no puedo comenzar la obra.

 

· ¿Se preocupa de que la gente sepa cuál es esa idea generadora?

Sí. Cuando compongo pienso en el público. Quiero satisfacerlo, que le guste y pase un buen momento, pero no pienso desde “lo comercial”, sino desde la emotividad.

La obra la hago desde mí, pero quiero que el otro disfrute, que goce, que por ese momento se traslade a donde lo llevo; que pueda maravillarse, navegar dentro de la obra. No la escribo apuntando a mi goce estético, sino no termina de concluir la relación con la obra de arte.

No pretendo que el oyente sepa qué acorde puse, lo que me interesa es la sensación que ese acorde produce. Qué acorde es, le interesa sólo al constructor. Al que escucha no le deben interesar estos aspectos técnicos, sino qué siente. Es como en el cine. Nadie se pone a pensar si la cámara tomó desde tal o cual ángulo. Uno se siente capturado, pues lo que se produce es un encantamiento.

 

· ¿Intenta averiguar qué le pasa al oyente con su música?

Si puedo, sí. Me pasa que algunos me dicen qué sintieron, pero también me doy cuenta. Cuando se producen esos silencios absolutos es porque logré captarlos.

 

· ¿Cómo elige para qué instrumentos escribir una determinada melodía o pasaje?

Eso es el color, tiene que ver con lo que se está diciendo. Es como la paleta de un pintor, si uno quiere luz pone un color claro. A veces las melodías surgen con su propio timbre o aparece el timbre en primer lugar. También sucede que un instrumento me resume un personaje. Todo tiene que estar en función de lo que quiero contar.

 

· ¿Elige las formas tradicionales?

Si necesito escribir un cuarteto de cuerdas con un movimiento en forma de sonata tradicional, lo escribiré.

La forma sonata es una forma de la vida: introducción, exposición de dos o tres temas (que puede ser una situación entre dos o tres personas), el desarrollo (de toda esa situación), luego una reexposición (en la que siempre se ve la situación desde otra manera) y la coda. No creo en las reexposiciones textuales, pues en la vida nada se repite; aunque la haga, los temas se escuchan diferentes, porque esa repetición se produce luego de haberse escuchado otros pasajes musicales.

Procuro que todas mis obras tengan una forma. Por lo general, la forma la determino por la fuente de inspiración. Si es un texto devendrá del texto mismo.

 

· ¿Cuál es la ventaja y desventaja de componer al piano?

No sé si puedo decir si hay ventajas o desventajas. Yo no escribo al piano, pero cada compositor debe escribir como desee. Son métodos diferentes, caminos diferentes. Si escribo una obra para un conjunto instrumental, el piano no me ayudará mucho. He compuesto obras enteras en un café, sin inconveniente alguno. Pero eso al oyente no le interesa, es el trabajo “detrás de escena” del compositor.

 

· ¿Qué siente que cambió desde sus primeras obras?

Las primeras las compuse a los diecinueve o veinte años. Siento que desde entonces las hice menos complejas, especialmente para el intérprete. Pero también hubo cambios internos: me he vuelto más mística, más simbólica y sintética. En la notación musical, por ejemplo, saqué la barra de compás, para lograr una notación más libre.

 

· ¿Al componer una obra considera su posibilidad de interpretación?

Sí, al escribirla sé que la voy a poder estrenar. No me voy a dedicar a escribir una trilogía sinfónica para una gran orquesta que sé que no estrenaré ahora. La obra tiene vida, y yo no la puedo marginar a que sea prisionera. Prefiero abocarme a lo que me consta que se interpretará.

La última que compuse se llama La victoria de Samotracia y la estrenó mi hermana Diana al piano, apenas la terminé. En esa obra trato de representar el momento en que la victoria se posa. En uno de los análisis leí, se señalaba que ella se posa en la proa del barco, que no evita la batalla, sino que es la guía hacia la victoria, lo cual es cierto: una victoria sin batalla no tiene fruto.

Para mí el intérprete es especial. Yo no escribo para una flauta, sino para el flautista que tocará la obra. Aunque me ha pasado tener que escribir para alguien que no conozco, y es una experiencia muy interesante.

 

· ¿Hay algún compositor que le resulte más atrayente que otros?

No, depende de los días. A veces siento que necesito que Beethoven es el que me hará bien; otras, Franck, Mozart, etc. Cada uno es parte de un todo, no podría escuchar sólo a un compositor; no me resultaría creativo.

 

· ¿Qué pasos siguió para componer su ópera Lucma?

La ópera es de 1998. Le había planteado al libretista, Raúl Czeplowodsky, que deseaba una historia de amor, que fuera psicológica y que transcurriera en la actualidad. Me mandó varias ideas que creó especialmente, y me gustó la de Lucma porque se planteaba varias situaciones interesantes: ella viajaba al pasado y volvía, era pintora (lo cual me daba colores para trabajar), y tenía diversos vínculos. Además, me gustaba porque era un personaje femenino.

Sabía con qué músicos contaba. También qué cantantes iban a intervenir, y eso influyó en la confección de los personajes. Raúl me mandaba el libreto a medida que lo escribía. No le hice mayores cambios a su texto, salvo los naturales en música, como repetir una palabra.

La compuse paso a paso, desde el inicio, pues yo tengo que ir creciendo junto con la historia. Sí tenía un leitmotiv para cada personaje, otro para la culpa, el amor, etc., pero sabía cómo iba a ser el final, porque como bien decía Horacio Quiroga: “Nunca empieces un cuento sin saber a dónde vas”, lo cual no quita que haya variado en el trayecto. Es como si dijera: “Voy a París”. Sé que mi punto final es París, a lo mejor veo otras cosas antes, pero el destino final es, indudablemente, París.

 

· ¿Cree que existe un distanciamiento entre la música contemporánea y el público?

Lo desconocido asusta, es como un dragón en el horizonte y, en realidad, el horizonte es una línea que depende de la curvatura de la Tierra. Escuchar algo que ya se conoce, predispone a sentirse más seguro. Lo desconocido me puede gustar o no.

Si el compositor no es argentino, quizá cuente con el apoyo del público, pues me parece que la distancia está con la música argentina. Pienso en todo el repertorio de nacionalismo musical, bellísimo, como la canción de cámara. Es una lástima. ¿Por qué no podría ir al Festival de Cosquín? Estoy segura que esas canciones a la gente le encantarían.

 

· ¿Cómo cree que puede revertirse?

Es una cuestión de educación. No hay tantos medios que difundan esta música, pero cuando se hace, la gente la disfruta mucho.

 

· ¿La aceptación de la música atonal también cree que es una cuestión de educación?

Quizá no sea por educación. Pero sí es claro que una persona puede emitir un juicio de que algo le gustó o no, luego de probarlo. Es muy fácil emitir juicios sobre lo que no se conoce. En nuestros días la gente se expresa con mucha facilidad: acusa, condena, muchas veces, sobre lo que desconoce. Siento que ese prejuicio no existe sólo en la música, sino en el arte en general.

Pero cuando se ofrece, la gente se acerca. Si se hicieran conciertos en televisión, en espacios públicos, habría una gran concurrencia. Tampoco puede generalizarse. Hay gente que elige algo porque está de moda, o porque lo eligió alguien a quien admira. Es decir, elige por carácter transitivo; como la moda de la ropa. Esto tiene que ver con una búsqueda de seguridad; se piensa que si todos lo hacen, debe estar bien, y a veces, no todo lo que se usa está bien.

Hay que dar libertad de elección. Si alguien eligió tal obra para escuchar, yo no tengo que ponerme en contra. Es el problema estructural del mundo, que todos quieren que uno acepte lo que ellos piensan. Pasa incluso en las religiones. Si destiláramos lo mejor de cada una de las religiones tendríamos lo mejor de la sabiduría humana.

 

· ¿Qué posibilidades hay para un compositor de estrenar o grabar sus obras?

Pocas. En este momento los compositores hacemos nuestros discos con nuestro propio esfuerzo. Espero que se revierta. Antes era distinto, incluso había una editorial de música argentina. He visto cuatrocientos ejemplares de una sonata para flauta y piano de Jacobo Ficher, por ejemplo. Ahora eso ya no existe. Se edita lo que se vende.

 

· ¿Puede decir qué le aporta la música a su vida?

Felicidad, mucha felicidad. Yo me siento muy feliz de poder componer, y cuando dirijo a un grupo musical, hay momentos tan intensos en que sólo me sale decir una palabra: “¡Gracias!”



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