Acerca de las palabras y los dientes de los caballos

Al momento de convertir un texto literario en libreto de ópera suelen hacerse cambios. Muchas veces es porque el mismo texto cantado tendría una duración que para algunos podría ser excesiva para una ópera. Igualmente, aquel que conozca la fuente es probable que se lleve desilusiones cuando se da cuenta que partes o conceptos que consideraba importantes en la obra del escritor están ausentes en la del compositor. Pero no debemos reprocharles nada a los compositores o a los libretistas; lo mejor es considerar que estamos ante una versión distinta de la historia que conocemos, como lo es, por ejemplo, la versión de la historia del moro de Venecia de Shakespeare del cuento de Giovanbattista Giraldi Cintio, en el que abrevó.

El libreto del Fausto de Gounod presenta una alteración fundamental para la historia, y es lo que pide el protagonista cuando está ante Mefistófeles. En el texto de Goethe: alegrías y también, penas; en suma: una vida que no tuvo, una vida común. En la ópera, en cambio, es frívolo, sólo pide divertirse con jóvenes mujeres.

Pero, muchas veces los escritores, aunque estén creando una obra de ficción, suelen, de manera directa o indirecta, contarnos sus puntos de vista sobre los temas más diversos y que, evidentemente, quieren dejar plasmados en el papel. El lector experimentado suele encontrarlos con facilidad.

Del libreto de la ópera francesa, dos de estos pensamientos han quedado afuera. Como nos resultan valiosos para reflexionar sobre ellos y para conocer más a Goethe, los compartimos con nuestros lectores.

Uno está a poco de iniciada la obra. Estamos en el gabinete de estudio de Fausto, y Mefistófeles se hace pasar por el científico al presentarse un estudiante. Mefistófeles quiere enseñarle el poder que tienen las palabras, y le dice: “Ateneos a las palabras si deseáis entrar con pie firme y seguro al templo de la verdad”. El estudiante cree que no es fácil, y reflexiona: “Sin embargo, toda palabra debe contener siempre una idea”. Pero Mefistófeles, sabio por la razón que fuera, le responde: “Sin duda, pero no debe uno inquietarse mucho por esto; cuando faltan ideas hay palabras que pueden reemplazarlas”.

También los creadores de la ópera han quitado el relato sobre el sacerdote que fue llamado por la madre de Margarita al ver el cofre de joyas que Fausto y Mefistófeles le dejaron a la joven en el umbral de su casa. Por la obra musical no nos enteramos cuál fue el destino del regalo.

Esto es lo que sucedió: la madre se había asustado de tan extraño presente, de cuál podría ser su procedencia, y deseaba donarlo. La muchacha no estaba conforme con eso, quería quedarse con las alhajas. “A caballo regalado no se le miran los dientes”, le dijo a su madre. Pero no la convenció. El sacerdote –nos cuenta Goethe– “encontró la aventura agradable”, y les dijo: “Bien pensado; quien sabe perder, ganará. La Iglesia tiene un excelente estómago; se come países enteros, y nunca se ha dado un caso de indigestión. Sólo la Iglesia, mis queridas señoras, puede digerir los bienes mal adquiridos”. Y se llevó las joyas.



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