Las sinfonías de Mahler: la sexta y la séptima

La sexta sinfonía
 

Cada sinfonía de Mahler es un mundo en sí mismo y presenta algunas diferencias con las precedentes. Al escuchar su ciclo de sinfonías, queda claro que, en cada una de éstas, deseó transmitir una sensación determinada.

Mahler denominó a su Sexta sinfonía “Trágica” y se justifica por lo que deseó reflejar en el último movimiento: el héroe cae bajo los tres golpes asestados por el destino; el héroe –¿hace falta decirlo?– es él mismo.

Lo curioso es que, en el momento de escribir esta obra, entre los años 1903 y 1904, se encontraba en un estado de aparente felicidad, tanto en su vida profesional como en la personal. Sin embargo, decide componer esta obra y otra más claramente pesimista: el ciclo llamado Kindertotenlieder (Canciones para los niños muertos). Seguramente, algo en su interior le sucedía, por eso hemos escrito la palabra aparente antes de felicidad. Era su personalidad; pocas veces podemos encontrar algún rasgo de alegría en su música y, si se presenta, Mahler se ocupará de que desaparezca de inmediato.

Luego, Mahler decidió quitarle el subtítulo a su Sexta sinfonía y eliminó uno de los golpes del último movimiento.

Esta obra es un retorno a las sinfonías tradicionales no sólo por estar estructurada en cuatro movimientos, sino por la forma que presenta el primero de éstos.

A diferencia de algunos primeros movimientos de las anteriores sinfonías, el de la sexta permite seguir claramente la forma típica que tenían los primeros movimientos de muchas obras instrumentales: la forma sonata.

Recordemos que la forma sonata es una manera que tiene el compositor de organizar el material musical. Básicamente, el compositor presenta dos o más temas, los repite, y luego, los fragmenta, varía, les cambia el carácter, la instrumentación, los superpone, etc., y finalmente, reexpone los temas del comienzo, por lo general, con algunas variaciones. La repetición inicial era necesaria para que el público recordara los temas y supiera luego reconocer el trabajo que el compositor hacía con ellos. Con tal esquema, están compuestos los primeros movimientos de obras de Mozart, Haydn, Beethoven y millares de compositores más. Mahler llegó a indicar la repetición de la exposición, algo que, hacía tiempo, los compositores habían dejado de pedir.

Este primer movimiento tiene tres temas muy diferentes. Uno con ritmo de marcha; un segundo tema sereno, confiado a los instrumentos de madera, y un tercero lírico, muy romántico, que tiene, en medio, un breve tema secundario contrastante, y que se desprende, de manera natural, de ese segundo tema. Este último tema, el romántico, expresado por el propio Mahler, es un retrato musical de Alma, su esposa.

El desarrollo se inicia con el primer tema. La reexposición presenta la particularidad de demorar la exposición completa del tercer tema. Luego de reexponer el segundo, reexpone el inicio del tema lírico, y cuando esperamos escucharlo completo, Mahler nos quita esa posibilidad al retomar al tema de la marcha. Finalmente, sí, lo expone triunfante al terminar el movimiento, lo cual es una original declaración de amor.

El segundo movimiento que escuchemos puede ser el scherzo o el andante. Originalmente, Mahler quiso que el scherzo fuera el segundo movimiento, pero luego se arrepintió. No se sabe si cambió de opinión una vez más; por ese motivo, los directores no siempre los colocan en el mismo orden.

El inicio del primer tema del scherzo evoca el tema de marcha del primer movimiento de la obra. El trío, elegante, plácido, contrasta notablemente con esa primera sección y nos recuerda al del segundo movimiento de la Tercera sinfonía, tal es la atmósfera que crea. De manera explícita, pues así lo indicó en la partitura, Mahler deseó evocar música de un tiempo ya pasado. Luego de una reexposición de la primera sección, reexpondrá el trío, también variado. Algo de este último será evocado al finalizar el movimiento. El scherzo termina de manera serena. Al culminar así, resulta natural la paz del andante siguiente. Esta es una observación para tener en cuenta en el momento de decidir cuál de los dos movimientos va en segundo lugar.

El bellísimo andante merecería la misma fama que el adagietto de la anterior sinfonía. Como aquél, está construido sobre dos temas serenos que se repiten, alternándose, con variaciones. El clima general es tranquilo, y para eso colaboran los cencerros, que nos trasladan de inmediato a paisajes más sosegados que aquellos que vemos cotidianamente.

El último movimiento es el más extenso de la sinfonía. A pocos segundos de iniciado, un muy breve tema nos sorprende, pues nos remite al inicio de la sinfoníaconocida como Incompleta,de Schubert. De éste se desprende un tema victorioso, y otros más, también breves. Mahler nos prepara así para la exposición del verdadero primer tema.

Este primer tema tiene ritmo de marcha; le sigue un segundo y un tercero, ambos de carácter triunfante. La exposición termina con la irrupción del tema que abrió el movimiento. A partir de aquí, se inicia el desarrollo, y es porque este movimiento, al igual que el primero, tiene forma sonata. Es en el desarrollo cuando escuchamos los dos golpes que, según Mahler, simbolizan al destino. Esto nos ayuda a conocer más al compositor: el destino, para él, se presenta a través de golpes, de mazazos, ¿acaso lo bello de una vida no es también atribuible al destino?, ¿o para Mahler no hubo nada bello en su existencia?

La reexposición se inicia con una cita del pasaje inicial del movimiento. En esta última sección, los temas aparecen fragmentados y variados. Ese pasaje inicial es citado por última vez precediendo la coda. Los últimos sonidos que escuchamos justifican el título que Mahler decidió eliminar.

 
La séptima sinfonía
 

Escrita entre 1904 y 1905, fue estrenada bajo la dirección del compositor en 1908. Al día de hoy, no sigue siendo una de sus sinfonías más populares. La orquesta requerida presenta algunas curiosidades, como la inclusión de la trompa tenor (un instrumento que se utiliza frecuentemente en bandas sinfónicas), una guitarra y una mandolina. Consta de cinco movimientos, de los cuales el segundo y el cuarto fueron denominados por el compositor Música nocturna.

El movimiento inicial comienza con un adagio, una marcha fúnebre que, de inmediato, presenta a la trompa tenor; trinos de algunos vientos de madera quiebran su clima solemne. Un segundo tema, vivo, ve también alterado su carácter; en este caso, por fragmentos del tema de la trompa, que aparecerá expuesto una vez más, antes del allegro.

El primer tema del allegro, con una fuerte presencia de los metales, es victorioso; el segundo tema, expuesto por las cuerdas, es romántico. Un regreso de la melodía de la trompa tenor precede al desarrollo, que incluye fanfarrias y un momento muy sereno e idílico. A continuación, sigue la reexposición de los tres temas: el de la introducción –por momentos recuerda a un tema de su Segunda sinfonía– y los dos del allegro. Las continuas variaciones no impiden que los temas sean fácilmente reconocibles debido a sus disímiles caracteres. Una marcha festiva lleva al movimiento hacia un victorioso final.

Le sigue el primero de los movimientos llamados Música nocturna. La denominación puede resultar engañosa. No debemos esperar música serena, que pueda evocarnos todo lo romántico y sugerente que la noche tiene. A Mahler la noche le connota emociones muy diferentes, que las expone a través de la rica variedad de timbres que encontramos en una orquesta sinfónica. Los instrumentos de la orquesta aparecen y desaparecen; todos son protagonistas, pero sólo por momentos. El movimiento es dominado por un tema expuesto por la trompa al inicio, que reaparece con las transformaciones habituales entre distintos episodios; pero también, un tema más, de carácter lírico, expuesto en las cuerdas graves, reaparecerá para contrastar con éste. Otro tema, con ritmo de marcha, cobrará importancia en esta parte. Mahler nos exige mucha atención para que podamos percibir la variedad de colores que presenta el movimiento.

El scherzo que le sigue está dominado por una melodía de vals, una melodía melancólica, que parece mirar hacia épocas pasadas. Mahler no la expone completa al inicio. Escucharemos fragmentos que nos la anticipan, y que, como ráfagas, aparecen y desaparecen, y nos permiten prever cuál será el carácter de la melodía principal. Pareciera que su interés fue “jugar” con nuestras ansias de escuchar la melodía del vals completa. Cuando la expone, decide que también desparezca para dar paso a la serena sección central, en el cual, por momentos, escuchamos partes variadas de la melodía del vals, que reaparecerá en la tercera sección. El carácter del tema es típicamente del compositor; por ese motivo, seguramente recordaremos el scherzo de su Segunda sinfonía.

Al llegar a la segunda Música nocturna ya nos queda claro el interés de Mahler por resaltar la riqueza de timbres de la orquesta. Aquí escuchamos la mandolina y la guitarra, instrumentos atípicos en semejante conjunto, aunque no menos que la trompa tenor que se destacaba en el primer movimiento. Este movimiento consta de tres secciones, de las cuales la segunda mantiene la atmósfera de la primera.

El rondó final tiene dos temas principales, que reaparecerán a lo largo del movimiento entre distintos episodios. El primer tema es triunfante; el segundo, vivaz, se presenta unido al primero. La música de algunos de los episodios también regresa, al igual que el primer tema del allegro del primer movimiento de la sinfonía, que guarda semejanza con el primero del rondó. Será este tema, el del movimiento inicial de la sinfonía, y no el del estribillo del rondó, el que cierre victoriosamente esta obra.



Volver Volver | Subir Subir |