La música de la Biblia

En 1976, la compositora, organista, musicóloga y docente francesa Suzanne Haïk-Vantoura dio a conocer el resultado de un trabajo que le llevó varios años. Lo hizo a través de un libro y un disco, ambos tenían el mismo título: La música de la Biblia revelada. La repercusión que obtuvo fue menor que la que esperaba.

Haïk-Vantoura había prestado atención a unos signos que se encontraban debajo y por encima de las palabras de la Biblia hebrea que ella leía. Advirtió cómo se repetían y trató de encontrarles su significado. Una enciclopedia musical le informó que esos signos tenían efectivamente un significado musical: indicaban cómo debían cantarse esos versículos, pero ese significado se había perdido con el paso del tiempo. La idea no es extraña.

El Antiguo Testamento está recorrido por la música; se mencionan innumerables instrumentos musicales, se hacen varias referencias a cánticos y danzas (como en Éxodo: 20-21) y, por supuesto, a cómo se utilizaba la música para honrar a Jehová. Recordemos que, en el Primer Libro de Samuel (16, 14-23), tenemos una clara muestra del poder que tiene la música para cambiar nuestro estado anímico: “Y cuando el espíritu malo de parte de Dios venía sobre Saúl, David tomaba el arpa y tocaba con su mano; y Saúl tenía alivio y estaba mejor, y el espíritu malo se apartaba de él”, dice el último versículo.

Además, en el Antiguo Testamento se señala la gran cantidad de músicos o cantores que se reunían para alabar a Jehová; en el Primer Libro de Crónicas (25, 7), por dar sólo un ejemplo, se dice que las personas reunidas fueron 288; se especifica con qué instrumentos se acompañarán y se nos aclara que todos fueron “instruidos en el canto para Jehová”. Y, se sabe, los salmos se cantaban. Varios de éstos tienen la indicación: “Al músico principal”, y por ejemplo, el Salmo 18 (o 17, según qué Biblia leamos) indica, explícitamente, que se trata de un cántico de David en agradecimiento a Jehová.

Haïk-Vantoura, que fue organista de una sinagoga de París durante siete años, no consideraba música a las cantilaciones de las sinagogas actuales. De a poco, por ensayo y error, llegó a precisar que había diecinueve signos, que se llaman te’amin, y pudo deducir a qué notas corresponderían. Se fijó que los te’amin de los textos en prosa eran diferentes a los que estaban en los textos en verso.

Primero observó que los te’amin siempre estaban debajo del texto y, ocasionalmente, arriba. Pensó, entonces, que los primeros eran más importantes. Dedujo que algunos podían representar el cuarto y el quinto grado de la escala musical y, basándose en eso, siguió su deducción. Nunca faltaba una rayita vertical al final de cada versículo, la cual podría representar la nota final y principal de la melodía. Consideró sus deducciones acertadas al comprobar que la melodía resultante compartía el espíritu del texto.

Su primera música reconstruida fue la correspondiente al cántico que elevó Moisés a Jehová en agradecimiento por haberles permitido cruzar a los hebreos el Mar Rojo y por haber ahogado a los egipcios que los perseguían (Éxodo: 15, 1-18). Publicó más de cinco mil versículos con su propia música.

Luego de su muerte, en el año 2000, su trabajo fue continuado.

Un disco posterior al de 1976, grabado íntegramente por la cantante y arpista judía francesa especializada en música antigua Esther Lamandier, nos aporta una mirada más intimista de la música, si comparamos sus versiones con la de ese primer disco. Tres de los salmos incluidos en el disco de Lamandier, que son de alabanza a Dios, tienen comienzos musicales muy similares; pero también hay otros cinco, cuyos textos son diferentes, que comparten la misma melodía inicial.

Suzanne Haïk-Vantoura murió segura de haber realizado un gran descubrimiento, pero triste, porque la comunidad judía lo ignoró. Su deseo fue que su trabajo integrara el patrimonio de la humanidad y así pudiera brindarle felicidad a todos.



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