De espectadores a protagonistas

En su relato La puerta en el muro, H. G. Wells nos cuenta la historia de Lionel Wallace.

Cuando tenía cinco años, Lionel, caminando por una calle, vio un muro blanco con una puerta verde. Apenas descubrió la puerta, “una emoción insólita, una atracción, un deseo de abrirla y pasar a través de ella nacieron en su alma”. Efectivamente, la abrió, y descubrió un maravilloso jardín, con panteras que lo saludaban cariñosamente, mujeres que lo trataban con dulzura y un grupo de niños, con quienes comenzó a jugar. Cuando se alejó de ellos, llevado suavemente de la mano por una mujer misteriosa, todos los niños se quedaron tristes y dejaron de jugar para decirle: “¡Vuelve, vuelve pronto!”. Luego, sin saber cómo, volvió a estar en la calle. Desde entonces, deseó encontrar nuevamente esa puerta que da al jardín, que, por el sólo hecho de estar allí, lo convirtió “en un niño feliz, intrépido, que podía realizar todos sus deseos sin temor de pecado en un mundo maravilloso”. Pasó el tiempo, por momentos, se olvidó de la puerta, pero luego, volver a hallarla se transformó en una obsesión. Lionel llega a ocupar un cargo político importante, pero su pensamiento y su corazón se dirigen, una y otra vez, a la puerta verde. En tres oportunidades más de su vida, la puerta se le apareció de nuevo ante sus ojos, y él, por cumplir con acciones que “debía” hacer, con “obligaciones estúpidas”, como las llamó después, siguió su camino, sin siquiera intentar abrirla para saber si el jardín y los niños aún estaban del otro lado.

El magnífico relato de Wells, uno de los textos que más me han conmovido, nos puede dejar añorando la suerte de Wallace y prometiéndonos que no obraríamos luego como él. Imaginamos que esa puerta verde, quizá, no se nos presente nunca, pero es un error. Todos tenemos una puerta verde delante. Esa puerta, que puede hacernos entrar a un jardín maravilloso con sensaciones puramente bellas, es el arte; pero no sólo podemos disfrutarlo como espectadores, lectores u oyentes, sino siendo nosotros los protagonistas. Es ésa la manera de disfrutar más intensamente el jardín. Para entrar en éste, es necesario eliminar algunos prejuicios y temores que pueden hacer que nunca nos animemos a abrir la puerta.

No es lo mismo recibir que crear; la emoción es distinta, como lo es nuestra sensación de plenitud. Al referirnos al arte, me refiero a cualquier manifestación artística en la que estén pensando en este momento: literatura, artes visuales, música, etc. Me ocuparé de esta última por ser éste un libro dirigido a melómanos, pero lo que sigue es válido para cualquier arte que deseemos incursionar.

¿Nunca imaginó poder tocar en un instrumento la melodía que tanto le gusta escuchar? ¿Nunca pensó: “Yo la tocaría de tal o cual manera, haría aquí una pausa, esa parte la tocaría más suave”? Quizá sí, y descartó la idea de tocarla porque para eso hay que aprender a tocar un instrumento, “y eso lleva tiempo, y yo estoy grande”. Sin embargo, no hay una edad en la que no se pueda aprender a tocar un instrumento musical, cualquiera que éste sea. Probablemente, no llegará a ser tan famoso como los músicos que escucha, pero podrá tocar un instrumento usted mismo y sentirá algo que nunca antes creyó sentir. De eso, no hay dudas.

La pasión comienza con el estudio, algo que hará toda su vida, pero no por obligación, sino porque lo hará sentir muy bien. Realizar ejercicios, ir avanzando en los cuadernos de estudio, vencer las dificultades y comprobar cómo, de a poco, uno va dominando un instrumento es una sensación difícil de explicar a quienes no hayan estudiado ningún instrumento. ¿Le falta tiempo? No se necesita mucho. Al principio, con media hora o cuarenta minutos por día, es suficiente. Luego, usted mismo querrá dedicarle más tiempo, porque estar con su instrumento le hará sentirse bien.

¿La edad? Precisamente, veo en mis clases a muchas personas que se jubilan y disponen de tiempo libre, tiempo para disfrutar, ¿qué mejor que utilizarlo en aprender a tocar un instrumento? En qué tiempo podrá tocar una obra depende de muchos factores, pero, si sigue estudiando, se verá, antes de lo pensado, “coqueteando” con obras de su compositor favorito. La experiencia indica que se puede aprender a cualquier edad. Conozco personas que han empezado a estudiar de grandes, de más de cincuenta, de sesenta años, y la manera en que sus vidas se han iluminado y la fascinación que sienten por llegar a sus casas y tocar pueden percibirse cuando uno está con ellas. Y antes de empezar a estudiar, no sabían absolutamente nada de lo concerniente a tocar un instrumento. Ni hace falta saber previamente la duración de las notas o su ubicación en el pentagrama; eso se aprende con el mismo instrumento que eligió. Sólo hay que animarse.

Hay profesores de todos los instrumentos, muchos. Se pueden conseguir preguntando a músicos, por carteles que se pegan en los conservatorios, por Internet, etcétera. Encontrar un buen profesor es la clave. Si el elegido no le satisface, o siente que no avanza como desea, cambie de profesor.

No se requiere invertir mucho dinero en un instrumento. Puede estar unos cuantos meses estudiando con uno que sea económico. Luego, será usted mismo el que desee cambiarlo por otro mejor. Cuando esté estudiando, tocando, sentirá que, como Wallace aquella vez, ingresa a un jardín maravilloso, pero, a diferencia de él, usted siempre sabrá cómo encontrarlo.



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