Las sinfonías de Mahler: la novena y la décima

                                                        La novena sinfonía

Es muy probable que Mahler, en su Novena sinfonía, haya decidido despedirse del mundo y de todo lo que él le ha dado. Quizá imaginaba que le quedaba poca vida, pues le habían diagnosticado un serio problema en el corazón. La terminó en 1910, y se estrenó en 1912, un año después de su muerte. Consta de cuatro movimientos.

El primer movimiento no tiene una forma musical definida. Mahler dispuso el material combinando algunas de las formas tradicionales. Tras un comienzo con un tema distribuido en varios instrumentos, escuchamos otro dominado por las cuerdas, que nos recuerda a su obra anterior: La canción de la tierra. Parece evocar el motivo que se canta con la palabra ewig (eternamente) en esa obra. El motivo nos recuerda los dos sonidos iniciales de la Sonata para piano N.º 26, conocida como Les adieux, de Beethoven. Esta similitud reforzaría la significación de despedida que esta obra tendría para Mahler. El movimiento es muy introspectivo por el carácter de los temas y la instrumentación, que en varias oportunidades transforma a la orquesta sinfónica en una agrupación de cámara.

El segundo movimiento contrasta notablemente con el anterior. Tiene una indicación: “En el tiempo cómodo de un ländler”. El ländler es un vals lento austríaco. Mahler expone tres temas, todos susceptibles de ser danzados: dos ländlers enmarcan un vals más rápido. Estos valses se reexponen con variaciones, alternándose. Algo para tener en cuenta: el tercer tema comienza con una evocación del motivo principal del movimiento anterior.

Mahler denominó al tercer movimiento Rondo-Burleske. Al igual que el primer movimiento, los temas aparecen presentados por distintos instrumentos que se suceden con rapidez. El carácter festivo de los dos primeros temas seguramente inspiró a Mahler a agregar el término “Burleske” al tradicional de rondó.

Al igual que la Tercera sinfonía, la novena termina con un extenso adagio. El movimiento está dominado por un motivo que Mahler presentó en la sección central del movimiento precedente. No es difícil asociarlo con un lamento o reproche. El final adquiere un carácter de desesperanza y resignación ante lo inevitable. Ésta no parece ser una apreciación subjetiva. El compositor, poco antes de terminar, vuelve a aludir a un tema que lo obsesionaba: la muerte y el más allá. Lo hace recordando una melodía de uno de sus Kindertotenlieder (Canciones para los niños muertos), el cuarto, en el que el poeta imagina que los niños no han muerto y que regresarán a casa. La melodía corresponde al último verso del poema, y aparece más lenta que en el lied. ¿Qué habrá pensado o sentido para citar esta melodía al terminar la sinfonía? El final es tan introspectivo como el de La canción de la tierra.

 
 
La décima sinfonía
 

Mahler murió en mayo de 1911 sin poder completar su Décima sinfonía. El único movimiento que quedó terminado fue el primero, que él indicó adagio. La obra estaría pensada en cinco movimientos, de los cuales el tercero se llamaría Purgatorio (originalmente, el título era Purgatorio o Infierno, pero luego tachó la palabra Infierno).

Varios, por separado, llevaron a cabo la tarea de completar la partitura: Joe Wheeler, Clinton Carpenter, Remo Mazzetti (hijo), Rudolf Barshai y, conjuntamente, Nicola Samale y Giuseppe Mazzucca. La versión que más se interpreta es la del musicólogo inglés Deryck Cooke.

Alma, la viuda del compositor, luego de escuchar el trabajo de Cooke, quedó muy conforme y aprobó su difusión. Cooke, una vez que completó su  trabajo, siguió revisándolo. La versión definitiva es de 1975, un año antes de su muerte.

Mientras escribía la Décima sinfonía, Mahler dio rienda suelta a su angustia por sentir cercana su muerte y, también, expresó su amor por su esposa.

Recordemos que, para entonces, Mahler y Alma habían superado una nueva crisis, ésta, lo suficientemente grave para que Mahler pensara en la posibilidad de que su esposa lo dejase por alguien más joven: Walter Gropius. La conversación que tuvo el compositor con Sigmund Freud parece que ayudó a aclarar un poco sus ideas y sentimientos. Tras la crisis matrimonial, Mahler comenzó a ver de distinta manera a la mujer que tenía a su lado.

En la partitura, escribió expresiones tales como: “¡Oh, Dios, Oh, Dios! ¿Por qué me has abandonado?”, “Locura, aférrame, que me condene!”, “¡Aniquílame!”, y dirigida a su esposa: “¡Vivir para ti! ¡Morir para ti! Almschi”, y otras similares.

El primer movimiento es el adagio (andante-adagio, para Cooke). Comienza con una frase confiada a las violas que, en un momento, nos recuerda el inicio del tercer acto de Tristán e Isolda, de Wagner. La estructura es la de otros movimientos lentos de Mahler: dos o tres temas que se alternan con variaciones –en este caso, son tres–. En el tercero, algo más movido, de carácter misterioso, volvemos a escuchar la figura musical que nos recuerda la ópera de Wagner. No siempre el movimiento mantiene la serenidad inicial.

A este movimiento le sigue un scherzo, que presenta una primera sección agitada, que dará paso a un vals lento. Una sección muy serena precede el último retorno de los dos temas.

El tercer movimiento, Purgatorio, es un movimiento muy breve. Nos remite a una de las canciones de Mahler de El cuerno maravilloso de la juventud, la que se llama Das irdische Leben (La vida terrenal). La figura que inicia el movimiento es la misma que encontramos en la canción. Su instrumentación es muy luminosa.

El cuarto movimiento es otro scherzo. A diferencia del primero, tiene un carácter danzante desde el principio. Sobre el final, un golpe inesperado de un gran tambor. Acerca del golpe, Alma comentó que es una evocación de un episodio que a Mahler había angustiado mucho: el compositor vio, conmovido, cómo pasaba un cortejo fúnebre acompañando a un bombero muerto. Uno de los que integraban la comitiva golpeaba un tambor, que Mahler quiso evocar en esta obra. Recordemos que la muerte fue una de sus obsesiones y está presente en muchas de sus canciones y sinfonías.

Los golpes del gran tambor vuelven al inicio del último movimiento. La paz nos llega por un extenso solo de flauta –Mahler indicó este instrumento en sus bosquejos–, romántico, que instala un clima de serenidad que, como es habitual en el compositor, no dura mucho. Los golpes del tambor vuelven y, luego de una “explosión” orquestal, retorna, con otra instrumentación, el tema de las violas que inició la sinfonía. Extensos momentos luminosos y serenos, en los que también regresa el tema de la flauta con nueva instrumentación, ponen el punto final a esta sinfonía.

No es raro que, a lo largo de la Décima sinfonía, escuchemos ecos de sinfonías anteriores. La orquestación y la manera de tratar los temas nos indican que Cooke estudió muy bien las partituras de Mahler, quizá por eso, su versión sea la más interpretada.

 
 


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